ALGO MÁS QUE
PALABRAS
CADA UNO EN
SU FAENA
Por Víctor Corcoba
*
Qué bueno sería
que cada uno estuviese en su faena, en la de dignidad como ser humano, y
todos en faena, trabajando a tiempo completo por la vida, reciclando sus
propios desechos, haciendo caminos como los de Machado, tan andariegos
como labriegos. Andar y laborar reavivan el espíritu. Sería una
saludable forma de estar en forma, el que toda persona consiguiese
armonizar con el camino las andanzas. Realmente me causa pavor el caudal
de rascacielos, las torres de Babel que se encienden en Europa, el
vocerío institucional de hablar por hablar, porque en la mayoría de las
veces ni se dice nada ni nada se hace, y lo que es peor, nadie escucha a
nadie. El hombre sigue siendo la mayor computadora teledirigida por el
poder de turno, aunque el poder sea malvado. Deberíamos, pues, empezar
por saber gobernarnos a nosotros mismos. Qué lastima que esto no se
enseñe en la escuela.
La faena en el
mundo no puede ser más bochornosa. De guerra en guerra vamos. La de
género es el parte diario. Encima gana terreno el desorden, debido a que
la irresponsabilidad ha tomado posiciones ventajosas. Jueces que pasan
de hacer justicia. Médicos que parecen haberse consagrado a la cultura
de la muerte y no a la de la vida. Hay quien
cree, aspirando incluso a que la sociedad piense así, que es legítimo
destruir la vida humana en sus primeros o últimos estadios. La leonera
está que arde. Escolares que declaran la armada invencible a sus
maestros. Luego ves que se atizan puñaladas en cualquier esquina, a
diestro y siniestro. Observas después que la clase política, si esa que
concurre a la formación y manifestación de la voluntad popular, se ha
desvirtuado totalmente y que se quedan tan panchos tutelándose unos a
otros. Atrás han quedado los firmes principios morales, las políticas de
Estado, la verdad como cartera de todo ministerio. Ya no digamos el amor
conyugal con la responsable transmisión de la vida, eso ni se pronuncie,
que es agua bendita de curas.
En vista de lo visto creo que tenemos lo que nos merecemos, la
irresponsabilidad como norma en el diario del mundo, el desorden como
seguridad social, la desprotección a la salud como derecho y deber, la
desgana como trabajo y la ociosidad como catarsis. ¿No hay esperanza?
Si, siempre. Hay que volver a edificar el mundo. Primer pulso: al
desorden hay que ponerle orden. Segundo pulso: a la fuerza hay que
ponerle diálogo.
Tercer pulso: la responsabilidad al poder. Cuarto pulso: hacer valer los
valores de la estética. Cuadrado perfecto para que en el mundo se forme
un corazón humano. ¿De qué depende? De que cada uno en su faena enmiende
lo enmendable y la responsabilidad obtenga cartera ministerial como
conciencia crítica.