EN
LAS GRANDES CRISIS, EL CORAZÓN SE ROMPE O SE CURTE
por Víctor Corcoba
Ya en su tiempo decía el escritor francés Honoré de Balzac, que
cuando acaecían grandes crisis como las que sobrellevamos en el
momento actual, sucedían irremediablemente hechos contrapuestos,
capaces de destrozar vidas humanas o de curtirlas. La realidad es la
que es. El aluvión de transformaciones que vivimos, aparte de que
todo cambio nos genere de manera innata incertidumbre, se agrava
cuando cada uno quiere imponer una ética individualista, o sea su
verdad, e imponer su propio juicio de valor sobre todos los demás.
La cuestión no es, pues, que la mutación se produzca, que ha de
producirse, sino cómo se produce y qué hay detrás de todo ello.
Alguien dijo que en esta vida hay que morir varias veces para
después renacer. Quizás no le falte razón. Y las crisis, aunque
atemorizan sobre todo en un primer momento, cuando menos han de
servirnos para la reflexión. Todas ellas, las que ocurren tanto a un
nivel personal como social, han de ayudarnos con su lección a
entenderse y entendernos. ¿Quién no ha tenido alguna vez, por
ejemplo, una crisis de entusiasmo? Por cierto, entusiasmarse es un
signo de salud espiritual, que tal vez tengamos aparcado, y que es
vital para evadirse de los apuros.
Está visto que sin el cultivo
de una cultura enraizada en la autenticidad del ser humano como tal,
sin una razón ética, se tuercen valores, se tergiversan derechos y
deberes, hasta los mismismos principios rectores de la política
social y económica. Se puede pensar, con toda lógica, que crisis
hubo y habrá siempre, la cuestión es saber salir y cómo ha de
salirse de ella. A mi juicio, no se trata de convidarse con un
optimismo ingenuo como pretenden inyectarnos algunos políticos, sino
en apoyarse en la fuerza de la solidaridad, de la comprensión, en
saber ponerse en el lugar del otro para tenderle una mano, en dar
razones en definitiva para luchar y vivir, para que no se tronche el
corazón de ningún ser humano.
Acusa la
crisis el mundo entero. Creo que es cierto. Soy de los que piensa
que nadie se queda a salvo, inclusive nuestro propio hábitat, que
para nada tiene culpa de nuestras tropelías. Nos lo recordaba hace
unos días con motivo de la Semana Verde, la conferencia anual más
importante sobre política ambiental europea, Stavros Dimas,
comisario europeo de Medio Ambiente, diciendo que la Humanidad está
consumiendo los recursos naturales de la tierra a un ritmo
alarmante, siendo todavía pocas las personas conscientes de la
velocidad a la que esto sucede. La inconsciencia nos puede.
Producimos más residuos de los que podemos reciclar de forma útil y
es necesario actuar con urgencia para sensibilizar aún más al
público y a los políticos, a fin de poder invertir estas tendencias.
Es el efecto de una profunda crisis moral, que pasa de todo, de
remediar la equivocación de un desarrollo desmedido que no tiene en
cuenta el ambiente natural, sus límites, sus leyes y su armonía,
especialmente en cuanto se refiere al uso-abuso del progreso
científico-tecnológico. El planeta es otra víctima más de nuestra
pérdida de papeles, sufre a causa del egoísmo humano y nadie parece
avergonzarse.
Asimismo, en
el ámbito del desarme, se multiplican los síntomas de una crisis
progresiva, vinculada a las dificultades en las negociaciones sobre
las armas convencionales así como sobre las armas de destrucción
masiva, y, por otra parte, al aumento de los gastos militares a
escala mundial. Pienso que estas cuestiones de seguridad,
acrecentadas por el terrorismo mundial que es necesario condenar
firmemente, deben tratarse con un enfoque honesto. Causa bochorno
saber que si hay un sector que no da síntomas de acusar la crisis,
ni siquiera la desaceleración que vocifera nuestro presidente del
gobierno, es el del armamento. Los datos son los que son. En el
primer semestre del año pasado las exportaciones de material militar
español ascendieron a 678,4 millones de euros, un 54,6% más que en
el mismo periodo del año anterior. Desde luego, nadie me negará que
sea un incremento más que notable, teniendo en cuenta que 2006 marcó
ya un récord histórico en las ventas de armas españolas, que se
duplicaron respecto a la media de años anteriores. A mi juicio, otra
inmoralidad más que se nos sirve en bandeja con verdadera frescura.
Por lo que
se refiere a las crisis humanitarias, hoy es tan acentuada que, los
mismos países se encuentran a veces desbordados y no dan abasto a
proporcionar asistencia a tantas víctimas. Millones de personas se
ven obligados a diario a huir de su lugar, de su propia familia,
debido a violencias de género o a buscar condiciones de vida más
dignas. Me parece una estupidez pensar que los fenómenos
migratorios, como algún político ha dicho, puedan ser bloqueados o
controlados simplemente por la ley de la selva. Las migraciones y
los problemas que estos flujos generan, hay que afrontarlos
humanamente, con justicia sí, pero también con una carga de
compasión. La crisis alimentaria, de familia, y tantas otras
protecciones que se encuentran abandonadas, son desafíos del mundo
actual que no admiten ya más cinismo, sino soluciones claras y
contundentes.
Volviendo la
mirada a nuestro país, donde un buen puñado de españoles cada día
tienen que seguir apretándose el cinturón para sanear sus economías
ante la tremenda crisis financiera, se me ocurre pensar que los
gobiernos deberían hacer lo propio para inyectar políticas sociales
en favor de los económicamente más débiles. Está visto que la
productividad y el pelotazo no pueden ser la única medida del
progreso; en efecto, el desarrollo sólo es auténtico si redunda en
beneficio de la colectividad. El verdadero avance exige, por ética y
sentido común, que se considere a todos los seres humanos para que
las desigualdades sociales se estrechen. De lo contrario, estaremos
ante un crecimiento económico artificial, como tal vez lo estamos.
La ciudadanía y los gobiernos son dos realidades que han de estar
íntimamente unidas en su ser globalizador y en su destino
globalizante. Por este motivo, a sabiendas de que no hay crisis de
la que no se pueda salir, lo mismo que un caminante no puede
abandonar sus razones de hacer su camino compartido y de seguir
adelante sin caer en una angustia dramática, considero que para
atajar todos estos males sería saludable tomar el auténtico sentido
moral y hacer mundo con él.
Allá donde
la ética no habita, falta el ánimo de hacer comunidad y sobra el
desanimo que se hace gobierno en la persona. El problema, pues, no
es la crisis, sino la integridad con la que hemos de curtirnos.
Auxiliar a los que tienen el corazón ya en un puño, es el primer
paso.
Víctor Corcoba
Herrero
corcoba@telefonica.net
Granada - España