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Arte de mediocre convivencia - por Carlos Fajardo
Cincuenta años de ficciones y esperanzas - por Selnich Vivas Hurtado

ARTE DE MEDIOCRE CONVIVENCIA

Por Carlos Fajardo

Desde Hegel hemos presentido el “fin del arte”. Fin de su aura, de la ensoñación y construcción de un milagro. Agotamiento para describir la “otra orilla”, lo innombrable e inexpresable, aquello oculto tras pesadas piedras. El lenguaje de un arte explorador, fundador de realidades por medio de la palabra creadora, se ha cambiado por un sedentarismo facilista, cómodo. La agudeza para potenciar una estética como utopía posible, gracias a la fuerza provocadora del artista, ha sido transmutada por una relajación sin promesa ni horizonte. ¿Qué futuras sensibilidades artísticas nos aguardan entonces? Sensibilidades de nudos en línea, “estetización” de lo cotidiano, democratización de un simulacro: todos podemos ser creadores. Pero, ¿a qué precio para el arte?

 
Hoy sentimos los pasos de una multimedia abrazadora y monopolista de nuestras percepciones y emociones. Los géneros estéticos tradicionales, los gustos, cohabitan sin excluirse, sin ningún trauma ni delito moral, diluyéndose lo uno en lo otro. Coexistencia pacífica de lo mediocre con lo altamente elaborado; indiferencia ante lo que nos lleva hasta los límites y extremos. Nadie desea pasear por la cuerda floja de un arte visceral hecho con sangre, por el “peligro de los peligros”. Para las nuevas sensibilidades ojalá se acabara el arte de los sanguíneos y se impulsara un arte de confort, flemático, decorativo. Proliferación de gustos banales, cursis. Allí nada se contradice; multimedia e indiferencia sensible; intercambio de imaginarios, legitimación de todos los estilos; eclecticismo de pulsiones y tonalidades. “Todo sirve”, “todo vale”, pero ¿se podrán aceptar por estas tolerancias el pastiche estético, la moda retro, la ambigua idea de expresar el individualismo “libremente”; los artefactos kitsch y light?
 
 
La escala de valoración al medir lo estético se guía, en estos momentos, por la capacidad de seducción y espectáculo que la obra contenga; según la fuerza de estetización en el mercado de sueños que impulse. Ello requiere decir que cualquier imaginario, sea trivial, profundo, permitido, prohibido, se acepta, simulando una “democratización del arte”, todo gracias a los medias, al audiovisual y a la puesta en red de la informática. Arte elaborado para todos, complaciente y sin resistencias críticas ni traumas personales. Fin de las categorías de sublimidad, autenticidad, angustia, de tensión estética. Puesta en escena de la llamada “muerte del sujeto” pasional; es decir, ahora entra en acción un artista discreto, medido, que oculta las emociones. La rebeldía y la ira de los artistas modernos ya no sacuden a nadie. La pasión de un Van Gogh, la fuerza de un Obregón, la rebeldía metafísica de Artaud, no existen en estos mapas transestéticos. Ilustración de Catalina Cabrera para el M.D.
 
 
Esta trans-sensibilidad muestra en el fondo un proceso de control y vigilancia por parte de la autoridad oficial. Se confirma con ella un miedo al “descontrol” del artista, una prevención frente a la fuerza que sacude una norma tanto jurídica-social como metafísica. Relajamiento existencial, seducción de lo ornamental en contra de lo esencial.
 
 
Es cierto, se agotaron las Vanguardias, su fuerza provocadora. Improvisación versus disciplina; discursos “blandos” versus discursos “duros”; ligereza versus experimentación; hedonismo permanente versus revolución permanente; ornamento versus monumento; compromiso futurista versus entronización del instante; sublimidad versus marketing estético; proyecto versus inmediatismo; mínimo de resistencia y máximo de indiferencia.
 
 
Arte de procesos multimediáticos. Fragmentación de los sistemas clásicos (objetuales) y modernos (subjetivos) e imposición del proceso en red. Ya no importa el contenido, sino el trabajo desarrollado sobre las imágenes. Cualquier medio es legitimo para realizar la obra: hologramas, realidades virtuales, sonido, velocidad, palabra, duración, materiales tradicionales e incluso orgánicos; video-instalaciones, herramientas tecnoartísticas (lápices, gráficos, scanners, sintetizadores, bases de datos, programación de menúes). Fin del estilo llamado personal. Desaparece el concepto del Yo creador moderno. Arte programado, modificado, procesado cuantas veces se desee. De la época de la interpretación provocadora a la etapa de la programación conciliadora y del imaginario estético del confort.

EL PRESENTE TEXTO SE PUBLICÓ EN EL MAGAZÍN DOMINICAL DEL DIARIO EL ESPECTADOR DE BOGOTA, COLOMBIA, NÚMERO 832  DEL 25 DE ABRIL DE 1999, PAG.4.

 

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