Por JORGE BOCCANERA
El juego en Gelman asume la forma de una gran orquestación de
símbolos, de lenguajes (culto, neutro, conversacional, literario,
etc.), de personajes históricos, y de poetas apócrifos. Recurre a
montajes interpolando otras voces en una manipulación que problematiza al hablante. Aquí circulan Oliverio Girondo y Santa
Teresa de Jesús; los poetas del tango y el sefardí Jehuda – Ha Levi;
el Libro de Job y César Vallejo; el heterónimo José Galván y la New
Poetry norteamericana.
Gelman nos dice que detrás de cada voz están agazapadas otras
gargantas; el asunto entonces pasa de mano en mano y es recreado por
todos y cada uno. Lo que vagamente denominamos influencia es en
verdad una energía movilizadora y transformadora difícil de
encasillar. Impregnación que es soplo avivando la idea. Pertenece a
Seferis aquello de que cuando un poeta intenta expresar su esencia
encuentra afinidades con autores lejanos de su lengua, pero que
ayudan a hallar en su propia tradición las fuentes de mayor
originalidad. “Las influencias no son de causas que engendran
efectos, sino de efectos que iluminan causas” (José Lezama Lima)
El poeta argentino también se toca con Pound en el punto de la
usura, pero hay más coincidencias. Desde la técnica del montaje,
el escritor de Idaho adivina, ajusta, dialoga, divulga y aggiorna
lo que fue cantado tiempo atrás. Dentro de esta teatralización del
texto, Gelman también inventa, recrea, imita, parodia, interpreta,
acompaña y celebra. No tiene empacho en mostrarnos las costuras de
su quehacer, exhibiendo los personajes que se mueven entre
bambalinas. Es parte de su juego, esa poética que lleva su sello.
Una peculiaridad que se erige en estilo y que Muddleton Murry define
como esa piel “que cubre una fábrica de nervios y tejidos vivientes,
toda una manera individual de ver, sentir y pensar”. Y que en Gelman
rastreamos desde sus primeros libros en una textura que al tiempo
que propone una relectura de nuestra historia personal y colectiva,
busca en los rincones de la palabra el gesto que la represente.
Como los actores de las obras del polaco Tadeuz Kantor que funcionan
como molinos para triturar el texto, Gelman pasa del discurso lógico
de los primeros libros a dibujar a golpes de balbuceo la cifra
oscura de un signo de interrogación que, como un monolito gigante,
vierte su sombra sobre cada uno de sus lectores.
La dicción de Gelman está hecha de colisiones semánticas, restos de
diálogos callejeros, disloque sintáctico, juego fónico, versos
quebrados inesperadamente y un particular uso de los signos de
puntuación que crean su propio sistema de cesuras, su cadencia. Esa
respiración que paulatinamente fue abandonando la puntuación
tradicional llevando a un primer plano el recurso de la barra,
siempre algo más que una clausura o pausa, algo así como una puerta
giratoria que agiliza la respiración.
Y entre los engranajes que mueven esta voz (que una y otra vez
repite su movimiento secreto de condensar, tensar y expresar)
encontramos la pregunta retórica. La obsesión amplificada por la
interrogación va perdiendo sus soportes lógicos hasta convertirse en
perplejidad que nos abarca a todos. Si en los primeros libros había
una pregunta-guiño formulada al pasar desde el doblez de la ironía,
gradualmente irá cobrando un papel central hasta transformarse en
requerimiento en voz alta, en exhortación. Lo que sigue es un
contrapunto entre aseveraciones que interrogan y preguntas que
afirman.
El poeta lleva al cuello su pesado collar de obsesiones y cada línea
escrita es el resultado del forcejeo entre esas ideas y su traslado
al papel. En Gelman se patentiza claramente esa dinámica creadora:
la intensidad de las obsesiones repitiéndose como un oleaje para ir
creando el espacio de su formulación. Pero aquí las orillas de ese
estado de inocencia y ese estado de alerta que se juntan para hacer
posible el poema (Edgar Bayley), han sido removidas por una honda
experiencia personal: prisión, persecución, exilio, la desaparición
de su hijo Marcelo Ariel y su nuera embarazada María Claudia
Iruretagoyena. Cicatrices y heridas en la piel de esa voz que pese a
todo, tiene la convicción de que el tema de la poesía es la poesía
misma, y que su misión –si tuviera alguna- es la de abrigar, dar
consuelo y noticias de esa “belleza incesante” que circula entre los
hombres.