EL SUEÑO QUE NO DUERME
Por HÉCTOR ROJAS HERAZO
Nuestra verdadera actividad, aquella en que realmente
estamos vivos, es el sueño. Dormidos o despiertos nos vemos
obligados, por efecto de nuestra conciencia onírica, a transformar
lo que sentimos o adivinamos en metáforas de la realidad. Vivir es
por ello un acto de permanente creación. Más que vivir soñando,
soñamos el vivir al crear ese sueño. Convirtiéndolo, de hecho, en el
único elemento defensivo ante el horror de nuestra disolución. De
allí la evanescencia e imprecisión de lo real. La realidad no
existe. Ha de ser captada y padecida por nuestra personal y nunca
gobernable subjetividad. Sin esa propiedad, seríamos devorados por
lo desconocido. Es tal la índole de nuestro existir que cada ser
humano no es otra cosa que un difunto contándose a sí mismo el
libreto de su propia vida.
La poesía, que podría considerarse como una síntesis
reflexiva de la soledad y del silencio, es tal vez la forma más pura
del sueño. Con ella tratamos de contactar, en un más allá verbal lo
que, en un engañoso más acá no podremos nunca descifrar. En mi caso
personal, he tratado de aunar lo que he sentido con lo que me han
exigido, y me siguen exigiendo, aquellos seres que impulsan y rigen
mis sueños. He podido comprobar, en muchas oportunidades, que uno no
es responsable, en absoluto, de lo que imagina o intenta expresar.
Otras criaturas habitan nuestro existir. Lo que explicaría por qué
podemos aparecer muchas veces, aun ante nosotros mismos, como
nuestros peores enemigos.
Son esos entes quienes, en forma insaciable y casi
siempre destructiva, nos emplean como instrumentos de su confusa
revelación. Sumiéndonos, cada vez con más saña, en esa mezcla de
terror y delirio en que puede convertirse cualquier acto de
pretensión creativa. Conturbando, en suma, nuestro corriente soñar
de seres vivos.
SUEÑO DE HUMEDAD Y MAR
Por JUAN CARLOS PÉRGOLIS.
En ese momento, cuando se confunde la última vigilia
con el primer sueño, veo la carrera treinta desde mi automóvil
bloqueado en la congestión. ¿Es la realidad o es una imagen
representada en el sueño?
El ambiente rosado de humedad y smog sugiere el
fresco optimismo de la mañana, aunque evidencia también, la tibia
tranquilidad de las cinco de la tarde, las dos horas en que, a
diario, hago este recorrido.
Me rodean los vehículos. La señora del auto azul
mueve el espejo interior para mirarse; queda conforme; dos hombres
conversan en el renolito rojo, uno agita un brazo espasmódico; la
camioneta desteñida se aplasta bajo una torre de colchones; un
camión viejísimo y destartalado amenaza trancar el carril cuando
reiniciemos la marcha. Cuatro puestos adelante va un compañero de
la universidad, si pudiera alcanzarlo, charlaríamos, pero el del
campero no me va a dejar pasar. Como si hubiera intuido que me
quiero mover hacia mi amigo, la mona del 4x4 me mira amenazante. Dos
niños hacen muecas por la ventana trasera de un 323 gris; una
ambulancia suena en la distancia, un taxista juega con los dedos en
el borde del techo.
Ahora todos comenzamos a movernos lentamente.
Adelante, mi amigo cambió de carril, va a ser más fácil alcanzarlo;
el camión viejo avanza cojeando; el 4x4 acelera en un espacio que no
tiene. Por un hueco entre la camioneta de los colchones y el 323,
veo el mar. En el plano azul-verdoso, infinito, se recorta la
silueta cuadrada de un barco carguero repleto de containers:
entrará al puerto con la marea, pienso. El flujo de vehículos
acelera, me acerco a la derecha para salir para la cincuenta y tres.
La imagen es la representación, pero no hay realidad
más convincente que aquella que imaginamos. ¿Podré decir que la
imagen es la realidad?
LO ONÍRICO
Por MARIO LONDOÑO
En lo onírico, lo cotidiano circula desnudo; todo lo
imaginable contenido en el territorio libre del sueño, anarquía y
fuente donde nuestro ocio íntimo bebe; mezclado con la realidad pero
aislado de la costumbre, herramienta para ir al encuentro preciso y
extraño de atmósferas que contienen imágenes dispersas, ignoradas,
ausentes.
EL PRESENTE TEXTO SE PUBLICÓ EN EL MAGAZÍN DOMINICAL DEL DIARIO EL
ESPECTADOR DE BOGOTÁ, COLOMBIA, NÚMERO 729 DEL 4 de MAYO DE 1997,
PAG. 6
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