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A la sombra de los grandes principios - por Milan Kundera
Colombia, ¿sueño o pesadilla? - por Antonio Montaña
El sueño que no duerme - por Héctor Rojas Herazo

EL SUEÑO QUE NO DUERME

Por HÉCTOR ROJAS HERAZO

Nuestra verdadera actividad, aquella en que realmente estamos vivos, es el sueño. Dormidos o despiertos nos vemos obligados, por efecto de nuestra conciencia onírica, a transformar lo que sentimos o adivinamos en metáforas de la realidad. Vivir es por ello un acto de permanente creación. Más que vivir soñando, soñamos el vivir al crear ese sueño. Convirtiéndolo, de hecho, en el único elemento defensivo ante el horror de nuestra disolución. De allí la evanescencia e imprecisión de lo real. La realidad no existe. Ha de ser captada y padecida por nuestra personal y nunca gobernable subjetividad. Sin esa propiedad, seríamos devorados por lo desconocido. Es tal la índole de nuestro existir que cada ser humano no es otra cosa que un difunto contándose a sí mismo el libreto de su propia vida.

La poesía, que podría considerarse como una síntesis reflexiva de la soledad y del silencio, es tal vez la forma más pura del sueño. Con ella tratamos de contactar, en un más allá verbal lo que, en un engañoso más acá no podremos nunca descifrar. En mi caso personal, he tratado de aunar lo que he sentido con lo que me han exigido, y me siguen exigiendo, aquellos seres que impulsan y rigen mis sueños. He podido comprobar, en muchas oportunidades, que uno no es responsable, en absoluto, de lo que imagina o intenta expresar. Otras criaturas habitan nuestro existir. Lo que explicaría por qué podemos aparecer muchas veces, aun ante nosotros mismos, como nuestros peores enemigos.

Son esos entes quienes, en forma insaciable y casi siempre destructiva, nos emplean como instrumentos de su confusa revelación. Sumiéndonos, cada vez con más saña, en esa mezcla de terror y delirio en que puede convertirse cualquier acto de pretensión creativa. Conturbando, en suma, nuestro corriente soñar de seres vivos.

 

SUEÑO DE HUMEDAD Y MAR

Por JUAN CARLOS PÉRGOLIS.

En ese momento, cuando se confunde la última vigilia con el primer sueño, veo la carrera treinta desde mi automóvil bloqueado en la congestión. ¿Es la realidad o es una imagen representada en el sueño?

El ambiente rosado de humedad y smog sugiere el fresco optimismo de la mañana, aunque evidencia también, la tibia tranquilidad de las cinco de la tarde, las dos horas en que, a diario, hago este recorrido.

Me rodean los vehículos. La señora del auto azul mueve el espejo interior para mirarse; queda conforme; dos hombres conversan en el renolito rojo, uno agita un brazo espasmódico; la camioneta desteñida se aplasta bajo una torre de colchones; un camión viejísimo y destartalado amenaza trancar el carril cuando reiniciemos la marcha. Cuatro puestos  adelante va un compañero de la universidad, si pudiera alcanzarlo, charlaríamos, pero el del campero no me va a dejar pasar. Como si hubiera intuido que me quiero mover hacia mi amigo, la mona del 4x4 me mira amenazante. Dos niños hacen muecas por la ventana trasera de un 323 gris; una ambulancia suena en la distancia, un taxista juega con los dedos en el borde del techo.

Ahora todos comenzamos a movernos lentamente. Adelante, mi amigo cambió de carril, va a ser más fácil alcanzarlo; el camión viejo avanza cojeando; el 4x4 acelera en un espacio que no tiene. Por un hueco entre la camioneta de los colchones y el 323, veo el mar. En el plano azul-verdoso, infinito, se recorta la silueta cuadrada de un barco carguero repleto de containers: entrará al puerto con la marea, pienso. El flujo de vehículos acelera, me acerco a la derecha para salir para la cincuenta y tres.

La imagen es la representación, pero no hay realidad más convincente que aquella que imaginamos. ¿Podré decir que la imagen es la realidad?

 

LO ONÍRICO

Por MARIO LONDOÑO

En lo onírico, lo cotidiano circula desnudo; todo lo imaginable contenido en el territorio libre del sueño, anarquía y fuente donde nuestro ocio íntimo bebe; mezclado con la realidad pero aislado de la costumbre, herramienta para ir al encuentro preciso y extraño de atmósferas que contienen imágenes dispersas, ignoradas, ausentes.

EL PRESENTE TEXTO SE PUBLICÓ EN EL MAGAZÍN DOMINICAL DEL DIARIO   EL ESPECTADOR   DE BOGOTÁ, COLOMBIA, NÚMERO  729 DEL 4 de MAYO DE 1997, PAG. 6

LOS DERECHOS DE AUTOR Y PUBLICACIÓN SON DEL DIARIO EL ESPECTADOR.

 

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