Algo más que palabras
EL
EMPACHO DE LA EFICIENCIA
Por Víctor Corcoba *
Hay palabras que me
empachan. Una de ellas es la eficiencia y lo eficiente. Eso de
disponer de alguien o de algo, a cualquier precio, para conseguir un
efecto determinado, hace tiempo que me repatea. Es un verdadero
fastidio este combate de poder contra poder, sin que uno pueda huir
de esta deslumbradora obsesión por la competitividad. Acción,
fuerza, producción, no entienden de humanidad. No se comprenden.
Nosotros mismos somos nuestro peor enemigo. Nadie conoce a nadie.
Nadie se casa con nadie. Cada cual va a lo suyo, eso sí del brazo de
la eficiencia. La gran aspiración. Me niego a reasignarme a este
grupo y a resignarme de esta locura que no reconoce ni respeta la
libertad de los que le rodean. Frente a ese mundo acelerado, que no
va en el fondo a ninguna parte, dominado por el dios de la
autocomplacencia, que la lleva consigo hasta el extremo de enfermar
por ser a todas horas eficaz, me gusta más ese otro mundo que no
aparca a la familia ni la abandona. A veces no necesitamos ser tan
efectivos y sí más afectivos. Casi siempre es más válido. Sobre todo
para que acrecentemos otro espíritu más estético. Me parece mucho
más interesante cultivar búsquedas, encontrar una respuesta a
quiénes somos y por qué vivimos, qué hacemos nosotros y qué quieren
hacer con nosotros estos legionarios de la eficiencia, arropados por
un sistema productivo esclavo y esclavizante, nada humanizador, que
te abandona cuando no le sirves.
El ser humano no vive
sólo de eficiencia. También me repele esa calidad de vida que
quieren endosarnos, que habla de eficiencia económica por un lado y
de consumismo bestial por otro, de arreglitos de cuerpo y goce de la
vida aunque nos hipotequemos la propia existencia, obviando las
dimensiones más profundas del ser humano. Todo se reduce a pura
materialidad y apariencia. Por ello, nos da un cierto respiro saber
que el próximo gobierno español no aspira exclusivamente a la
eficiencia económica –a tenor de lo que reza en su programa, con el
que ha concurrido a las elecciones-, valorando otros devociones,
como la de una distribución igualitaria del bienestar y de las
oportunidades. Pienso, ciertamente, que por encima del deber de
desarrollar de manera eficiente la actividad de producción de los
bienes, están las personas. En consecuencia, no me parece nada
lícito un crecimiento económico, por muy eficaz que sea, si
menoscaba al ser humano o lo excluye. Considero que la expansión de
la riqueza es lo único por lo que vale la pena apostar, si quiere de
manera fervorosa y eficaz.
Tanto el
mundo empresarial como sus directivos no pueden tener en cuenta
exclusivamente el objetivo económico de la empresa, los criterios de
la renombrada eficiencia económica, las legendarias exigencias del
cuidado del capital como conjunto de medios de producción: el
respeto hacia los recursos humanos ha de ser también un deber
primario. Las personas son algo más que pura eficiencia o
patrimonialidad, no son la fuerza bruta, sino la fuerza humana que
hay que respetar por principio. Hay que dar valor al trabajo, sobre
todo valor humano, empezando por ofrecer una educación despojada de
absurdas competitividades, que la eficiencia sea utilizada también
para hacer hincapié en la dignidad de todo ser humano y, en la
necesidad, de avivar la unidad de la familia humana antes que la
mera eficacia productiva. Habría que repensar de modo diferente los
lazos de producción. Se buscan cerebros para todo, la persona es lo
de menos. La realidad es que uno no deja de asombrarse de la
complejidad de los equipamientos y el nutrido grupo de especialistas
para todo en un entorno cada vez más exigente, que no le importa
dejarse el pellejo con tal de que reciba el bautizo de la
eficiencia.
Lo de la eficiencia
excesiva es una enfermedad que está a la orden del día. Quizás la
actividad laboral debería volver a ser el ámbito en el que el ser
humano pueda realizar sus propias facultades, usando toda su
capacidad e ingenio personales, pero sin tantas exigencias que
embrutecen a la persona. Ahora que se habla del trabajo decente
hasta en la sopa, resulta que hay empresas que cuando les dejas de
ser eficaz, les importa un pimiento los derechos obreros, la
estabilidad familiar, la justicia o la mismísima igualdad de género.
Esto pasa por tener solamente como criterios de avance, únicamente
la productividad, la libre competencia, la eficiencia, la afirmación
de sí mismo, la competencia y el éxito, dejando a un lado a las
personas que se han hecho mayores en la empresa u otras con
discapacidad que no entran en estos parámetros de avasalladora
competitividad.
La cultura
de la eficiencia llevada al extremo de tragarse la propia vida de
cada uno, porque uno necesita vivir la vida también fuera del
engranaje productivo, es un cáncer que avanza. El economicismo de la
eficiencia que, luego nos lanza al consumismo por su propio interés,
junto a la ideología del pensamiento único que no tiene miramiento
alguno hacia la persona, son las grandes lacras actuales. Ahí está
el individualismo competitivo insolidario que se promueve con total
descaro, nada importa, da igual que atente contra la concepción
humanista de la vida y genere violencia. Tenemos el derecho y el
deber de recordar a los predicadores de la cultura de la eficiencia
que el ser humano es mucho más que una apreciación de utilidad o
inutilidad para el trabajo, puesto que hay que ver al trabajo en su
relación con el ser humano y con cada persona. Trabajó con el
corazón, pensó con la virtud de ser, obró con voluntad de empuje
solidario, amó con corazón de obrero; puede ser un buen propósito,
desde luego mucho más bienhechor que la cretina eficiencia que vive
hoy en algunos altares laborales.