Acerca de la divinidad
(Relato inédito de Pedro Sevylla de Juana) *
En
la
sedosa pradera, vasta extensión cercada de arbolado y dividida por
el curso en arco de un arroyuelo bien cebado; a principios de Otoño,
cuando la Luna iba en pos de su plenitud circular; enigmático,
chocante, apareció el Ente. El viejo Liparus Glabirostris, de la
familia de los Curculiónidos, profundo pensador y maestro eximio,
nunca las tuvo todas consigo. Desconfió del supuesto dios incluso en
la época de general apasionamiento. No era para menos, la extraña
apariencia -tamaño y forma- ayudaba lo suyo aportando brazados de
suspicacia.
Pinturas por Arnulfo Luna, serie Camiones viejos.
El Ser, delimitado por líneas suaves y planos carentes de ángulos,
aceptaba las miradas interrogantes sin suspender la emisión de sones
acompasados, sugestivos hasta para oídos insensibles a la cadencia.
En su interior impenetrable albergaba, sin el menor asomo de duda,
algún tipo de vida alejada de la convencional. Bien avenido con la
temperatura ambiente, libre de hambre y de sed, a falta del gracioso
braceo y del gesto cautivador, se conducía como cualquier recién
nacido satisfecho. Permanecía en el lugar exacto de su aparición, se
expresaba utilizando un complejo lenguaje de signos visuales y
acústicos y no manifestaba dependencia alguna del exterior. Resulta
comprensible que cientos de conjeturas se tejieran alrededor de su
privativa naturaleza.
El viejo Liparus llegó a reconocer en Él ciertos atributos de la
condición divina. Saltaba a la vista que era ajeno a todo lo
conocido. En efecto, difería de las peculiaridades esenciales de los
tres reinos; no parecía piedra, no parecía planta, no parecía bicho.
El estado de reposo en que se encontraba sumido debía de ser
transitorio, pues había llegado hasta allí desde algún lugar tan
remoto que no le precedió la noticia de su existencia. La aptitud
para trasladarse al dictado de la voluntad le proporcionaba una
independencia amplísima: rasgo que ha de distinguir a los seres
superiores. Único, autónomo e inexplicable: esos eran los hilos que
bordaban la perfección de su índole. Carecía, en cambio, de la
primera de las cualidades que los dioses exhiben: la capacidad sin
límites de influir en el entorno, generadora de los prodigios que
escoltan su paso. Actitud opuesta a la de un demiurgo amoroso de su
obra, demostraba, en añadido, una inexcusable despreocupación por la
hermosura de la verde floresta, por los inverosímiles rayos de sol
que filtraba, por el rumor cantarín del agua al acometer los
meandros y angosturas y hasta por los curiosos que le cercaban con
ánimo investigador. En ese punto exacto, equidistante del sí y del
no, imposibilitada para desasirse, anclaba Liparus su duda.
Tal vez fuera sólo un destello de la movilidad potencial, pero la
agitación se enseñoreaba del interior. Lo que podía ser tomado por
el rostro, superficie circular de un cilindro achatado, espejo del
sensible corazón, efectuaba extraños visajes a cada momento. Los
reflexivos investigadores, encabezados por Calathus Melanocephalus,
perteneciente a la familia de los Carábidos, y su más directo
colaborador, Agonun Dorsale, primo suyo; constataron que mudaba la
forma siguiendo un proceso repetido cada día. Tomando el anochecer
como punto de referencia, la metamorfosis reproducía sus pasos uno
tras otro de crepúsculo a crepúsculo. Reiteración. Método
“¿Prodigios?
Consigue ser portento suficiente la conmoción ocasionada por su
venida hasta en los más escépticos”: argumentaban los partidarios,
dirigidos por el electo coordinador de familias Prionus Coriarius,
el mayor de los Longicornios.
“¿Dejadez ante la creación? Ha venido para permanecer a nuestro
lado; he ahí el gran ejemplo de cariño que necesitaba este mundo
egoísta”.
“Sí, su existencia es monótona y repetitiva, mas, hechos a su imagen
y semejanza, nuestra propia existencia es repetitiva y monótona. Nos
desplazamos persiguiendo el alimento, nos agita el deseo de
aparearnos, corremos para huir o atacar. La Divinidad reposa porque
se basta a sí misma: nada le falta y a nada teme”.
Los religiosos vincularon con ese argumento, más que con ningún
otro, el meritorio modo de alinear las conductas personales tras la
forma de ser atribuida a la Divinidad. “Aquilatemos el proceso de
nutrición desterrando la gula. Limitemos la cópula a las escuetas
exigencias de la propagación de la especie. Amiguémonos con nuestros
enemigos. Sólo de esa manera seremos capaces de amansar nuestra
agitación culpable”. Y sentenciaron: “La Calma es el bien y el
Tumulto el mal; en la reducción de las necesidades estriba la
Virtud”. Sorprende lo mudable de las convicciones: los Escolítidos,
cavadores de galerías corticales -hasta entonces tachados de simples
y cachazudos- pasaron a ser percibidos como armónicos y
equilibrados.
El Círculo de Teólogos, por encargo del estamento creyente, soldó
entre sí varias cavilaciones formando un verdadero cuerpo de
doctrina, dogma de obligado conocimiento e inmediata difusión.
Avanzaba el credo por la senda racional hasta el límite de sus
posibilidades, momento en que echaba mano de la fe. “La Divinidad
existía ya en el principio de los tiempos, y seguirá cuando todo se
extinga; lo conocido y lo sospechado tienen en ella su origen. No
engendra vástagos la Divinidad, porque siendo única al tiempo es
eterna”.
Dytiscus Latissimus, de la familia de los Ditíscidos, solía aparecer
en público luciendo la casulla amarilla y negra de apariencia
solemne; le flanqueaban sus acólitos, dos luminosos Lampíridos.
Partiendo de las verdades teológicas recién propagadas, había
fundado el Amovilismo Expectante, hermandad integrada por un
creciente número de adeptos. Subido a cualquier prominencia, y dueño
de todas las respuestas, preguntaba: “¿Cómo y por qué, tomó cuerpo
la Divinidad y vino a nosotros? Misterio. Misterio que las mentes
corrientes como las nuestras no pueden comprender. Ha venido, y eso
debe llenarnos de orgullo y regocijo; ha querido servirnos de guía y
ejemplo, y eso debe bastarnos. Pero, ¡cuidado!, podría marcharse;
debemos cumplir, al instante y hasta el último pormenor, los
dictados de su temperamento. Me encargaré de interpretar y difundir
sus mensajes con la asistencia de mis discípulos más comprometidos.
Ellos y yo renunciamos desde este preciso instante a aparearnos, y
nuestra movilidad rozará el límite de la estática. Los hermanos en
la fe construirán un Ara donde los fieles puedan adorar a la
Divinidad y pedirle dones. Asimismo contribuirán a nuestro parco
sustento”.
Mientras tanto, el extravagante Ser, una cabeza redonda y plana de
la que surgían dos grandes apéndices desparejos, amorosos brazos
dispuestos a cerrarse en torno a cualquier elegido; la deidad
encarnada de esa guisa, falta de tronco y extremidades traseras,
indiferente al interés suscitado en su entorno, continuaba la
sistemática reforma de los rasgos faciales y la entrecortada emisión
de sonidos, audibles a considerable distancia.
Sin
oposición digna de ser registrada, Carabus Coriaceus, cazador astuto
y guerrero de tenacidad reconocida, tomó el mando de los soldados en
una ceremonia memorable. Al pie del altar recién erigido -arcilla
recubierta de piedritas de colores- una charanga formada por Gryllus
Campestris y Oecanthus Pellucens, músicos extranjeros, batía sus
élitros en honor de la Divinidad. Atacaba con brío marchas capaces
de alertar a los casacas verdes, guardia compuesta por Lytta
Vesicatoria; y a los casacas moradas, escolta de Meloë Violaceus. A
su compás, la cohorte de feroces machos Lucanus Cervus, desfilaba en
estado de excitación combativa. Jefes, soldados y una buena parte de
la población, veían en la Divinidad el gran caudillo que tornaría
respetado y temido al orden Coleóptero; orgulloso de la compleja
diversidad de las familias que lo integran, de las poderosas
mandíbulas de sus individuos, de la vistosidad de las alas, de la
funcionalidad de antenas y escudo y del notable modo de vida
logrado. Por fin se presentaba la ocasión de someter a los pueblos
vecinos, obligándolos con hinchados tributos. Tendrían la
oportunidad de vengar la histórica afrenta de los odiados
Himenópteros, en particular de los Apócritos, en extremo laboriosos
y rápidos viajeros.
Dytiscus, Prionus y Carabus anduvieron distanciados durante una
larga temporada por cuestiones de fondo: habían de dilucidar quien
de los tres ostentaría la suprema jefatura. La fuerza proporcionaba
argumento a Carabus, Prionus esgrimía su representatividad, la
genuina voluntad del pueblo; mostraba Dytiscus en su mano la llave
de la vida eterna. Reunidos en parlamento siendo ya noche ciega,
tras encontradas discusiones se descubrieron compartiendo objetivos:
la permanencia de la Divinidad, la protección de la identidad
coleóptera y el establecimiento de una nueva organización social.
Acordaron unir sus esfuerzos en un triunvirato de pares, y sopesaron
las consecuencias de ilegalizar la investigación filosófica,
actividad innecesaria cuando se conoce cada palmo de las profusas
ramificaciones de la Verdad. Sólo el temor al rechazo de los
puristas les inclinó a penar las conductas en vez de los principios.
Al día siguiente, el tozudo perseguidor de la certeza, Calathus
Melanocephalus, y Liparus Glabirostris, escrupuloso docente de los
hechos probados, fueron acusados de intrigantes y confinados en su
domicilio.
Un extranjero, Lygaeus Saxatilis, Gran Sacerdote del aliado orden
Heteróptero, con miras a introducir el nuevo culto entre los suyos,
solicitó permiso para estudiar la naturaleza de la Divinidad y las
teorías que la explicaban. Locusta Migratoria, jefe de los
Quelíferos, por el contrario, denunció que el contrafuerte añadido
al ejército coleóptero –soldados, armas y bagaje- contravenía los
acuerdos del pacto firmado tras la Gran Derrota. Se sumaron al
reproche Tettigonia Viridissima en nombre de los Ensíferos; Blatta
Orientalis, Gran Chaberlán de los Blatarios; y muchos otros:
Dermápteros, Odonatos, Apterigotos y Efemerópteros, quienes en el
creciente belicismo de los Coleópteros veían un peligro para la paz
entre los distintos Órdenes.
Siguiendo indicaciones de Véspula, dos veces traidor, la incursión
nocturna de los Lamia Textor, al servicio de Carabus Coriaceus, dio
con el laboratorio, destruyó los valiosos documentos y degolló a los
investigadores absortos. Sufrieron los opositores un duro revés, y
la Divinidad fue adorada en cualquier lugar, pues los fieles
reproducían ad líbitum la sagrada imagen, trazando el círculo
capital y las dos rayas laterales de su emblema.
Extendido el culto, generalizados los sentimientos piadosos,
sincronizado el empeño común, el orden de los Coleópteros entró en
la etapa más fructífera de su historia, plagada de motivos para dar
las gracias a la Divinidad, madre protectora de los crédulos, que
propiciaba el progreso con su sola presencia. Entre esto y aquello
se desnudaron los árboles de hoja caediza, orgulloso de su fuerza
paralizadora llegó el frío, y en un lapso breve fue expulsado por
los días radiantes de sol y sosegados de vientos. La vida estallaba
de nuevo y un grupo de crías de Homo Sapiens se presentó en la
explanada con su ordinaria algarabía. Desde los más profundos
rincones de las huras, desde las copas más altas de los árboles,
medrosos, cautos, los insectos todos percibieron el interminable
ajetreo de las evoluciones lúdicas. Al atardecer oyeron con nitidez
las siguientes palabras, cuyo significado desconocían: “Mirad, un
nicho de barro adornado con piedrecitas de colores. Guarda un reloj
de pulsera. ¡Ah!, la pila está ya en las últimas: los números
cambian muy despacio y la música apenas se oye”.
Horas más tarde, apaciguado el contorno, cayó la noche y la
normalidad se aposentó en la pradera, en el arbolado circundante, en
el arroyo que la cruza. Sólo entonces los insectos se atrevieron a
salir de sus escondrijos: un pie y luego otro, recelosos, fisgones,
temerarios; y todo para descubrir que la Divinidad se había ido
dejando vacía la hornacina. El Jefe Religioso, Dytiscus Latissimus,
recordó haber vaticinado no hace tanto lo que acababa de ocurrir.
Alguna acción u omisión ofendería a la Divinidad. Únicamente la
penitencia podía favorecer su regreso. Comenzó entonces un reiterado
ejercicio de laboriosidad y obediencia ciega a las autoridades
civiles, religiosas y militares. Aún quedaba alguna esperanza.
Pedro Sevylla de Juana
El Escorial (Madrid)
www.sevylla.com
Correo:
valdepero@hotmail.com