COLECTIVO - PIEDAD TARAZONA y ALFONSO OSPINA
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pinturas por Piedad Tarazona. Ver más... |
pinturas por Alfonso Ospina. Ver más... |
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La obra de Piedad Tarazona |
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De ella, cuya primera exposición la tuvo al lado del maestro Fernando Botero, también asimiló para sí misma la alegría del color del arte primitivista. Con esas herencias artísticas de la abuela, Piedad Tarazona, se decidió convencida por los colores fuertes y por lo que le intrigaba; la fuerza, la pasión y la intensidad de la naturaleza que a la postre se convirtió en su temática. Grandes flores, grandes frutas y grandes legumbres, es lo que pinta al óleo sobre lienzo, para transmitir exactamente lo que quiere con el color y con la naturaleza: mucha paz y alegría, condiciones que también acompañan la personalidad de esta pintora, escogida para cerrar el ciclo cultural 2005 y abrir el ciclo 2006 del Centro Cultural del Convenio Andrés Bello, localizado en la Avenida 13 No. 85 – 60 y reconocido como el mejor espacio para la promoción de la cultura iberoamericana.
La exposición denominada por la artista ”Naturaleza Viva”, está abierta desde el 24 de noviembre y se prolongará hasta enero del próximo año, con más de una docena de cuadros de formato grande hasta de 2 x 1.70 y de formato mediano con tamaño mínimo de 30x30, que hacen parte de su obra más reciente. La que le sigue a ésta, será la que lleve a Panamá donde ha sido invita a exponer en 2006. Mientras tanto, se dispone a juntar la obra que mostrará en otras exposiciones colectivas de jóvenes artistas que se colgarán en Bogotá.
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Nació en Tuluá en el año 1952. Dibujante nato por herencia y entorno familiar. Desde la niñez se destacó como dibujante. En la adolescencia ya ganaba dinero con su oficio de lápices, carboncillo, tintas y plumilla, y así aprendió a ser autónomo e independiente, haciendo trabajos a sus compañeros de colegio. En el ambiente de la Universidad del Tolima se reconoce como artista del dibujo y la pintura y estudia en la Facultad de Artes, donde conoció las vidas y obras de Wilfredo Lang y Picasso, el cubismo, el surrealismo, el futurismo, y se encontró con el color y la escuela del óleo, que marcaron su producción artística figurativa de puntos, líneas, empastes, texturas y veladuras, más allá de su primigenio gusto por lo matérico, hacia horizontes promisorios, no nombrados y desconocidos, más allá de la noche. Es licenciado en Educación Artística y ha realizado exposiciones en Ibagué, Bogotá, Cali, Tuluá y Holanda. En la obra de Alfonso Ospina sucede una particular fusión entre lo rural y lo urbano, lo criollo, lo indígena, lo negro, lo masculino y lo femenino. El autor mezcla conocimientos, temas y técnicas para crear su propia iconografía de seres orgánicos e inorgánicos figurados algunos con imaginación barroca para expresar el atiborramiento social que no deja espacios vacíos, lugares para simplemente transcurrir y ser. Sus obras están pobladas de raíces, exuberancias tropicales, formas selváticas, atmósferas lunares, etéreas, rurales y urbanas, mujeres, brujos, hechicería, personajes anónimos marginados, como bultos cubiertos con periódicos sin identidad, seres de corporeidad y estética híbrida, masculina y femenina. La vida misma como tal es el tema central de su trabajo pictórico, nutrido de lo místico de la cultura indígena y lo vital de la cultura negra. Nos cuenta historias en Series como Tentaciones y Blues, donde aparecen respectivamente, la violencia urbana e intensidad necesarias para la abstracción y el sincretismo musical de la cultura negra en suelo americano, como un estar vital que resiste con espiritualidad creativa la barbarie que no ha terminado.
ALFONSO OSPINA
Corría el año 1979, cuando la Fundación Cultural Tuluá dio comienzo a sus actividades en la ciudad con una muestra individual del artista Alfonso Ospina Blanco. Un poco antes de inaugurar la exposición y para aumentar el nerviosismo que todos teníamos ante nuestro debut, Colombia fue presa de un notable temblor de tierra que acabó de espantarnos y que presumimos, más tarde, como un buen augurio pues iniciábamos nuestras actividades con remezón telúrico. Y no nos equivocamos. Ya que la Fundación, una vez logró que en el municipio se creara una Casa de la Cultura, cesó funciones, pero, Alfonso Ospina continúo su carrera de artista plástico con enorme obstinación y no menos sacrificio, hasta alcanzar el trazo cuidadoso, el colorido juguetón y un tanto mordaz que hoy lo caracteriza. Recuerdo que en el catálogo de esa primera exposición individual que por razones de amistad me fue concedido comentar, se anotaba en su obra una gran compenetración con el paisaje de su Tuluá natal. Ahora, podemos afirmar que Ospina Blanco tiene una mirada universal pero siempre matizada por la luz tulueña a las cinco de la tarde.
Alfonso Ospina, en su largo trasegar por las Artes Plásticas ha tenido siempre una constante que determina el curso de su acción como pintor: su enorme consagración a una búsqueda muy propia que lo ha llevado a tocar, en algún período, el arte expresionista, luego el cubismo, volviendo a lo figurativo, para saltar finalmente a un estilo que mezcla las tres escuelas.
Su versatilidad en el manejo de los diferentes materiales, desde el propio lápiz y el bolígrafo, hasta la plumilla, el pincel, el carboncillo, las acuarelas o las témperas, le ha propiciado componer, además de los más diversos motivos utilitarios como retablos, rótulos, tarjetas, reproducciones, colecciones de tintas y afiches, la más bella serie paisajística en la cual, recurriendo minuciosamente al detalle de la línea, se ha recreado y enriquecido en los últimos años; su trabajo testimonia la inobjetable habilidad manual de dibujante.
El trabajo de Alfonso se nos antoja nutrido de la obra de los vallecaucanos Pedro Alcántara Herrán, por los trazos intrincados de sus comienzos con las plumillas, las tintas chinas y las técnicas mixtas, con sus dibujos laboriosos y líneas curvas; y de Lucy Tejada, en su figuración poética, donde se destacan ampliamente la elaboración y equilibrio de las imágenes. El alma campesina se contrapone a los motivos urbanos, sus cuadros están cargados de desnudos y mitos forestales, imágenes que emergen de la tierra, sugiriendo temas ingeniosos y absurdos que le dan curso libre a una imaginación que se regocija en lo exótico y, como quien construye su propia mitología terrígena, logra efectos insólitos.
Su estilo ha ido evolucionando y acomete obras que, por su magnitud y su elaborada técnica, además de su cada vez más personal tratamiento temático, nos ofrecen un amplio panorama de sus motivos y obsesiones: la tierra, los vegetales, las aves, el campo, el agua, la mujer y la música, sus fantasías oníricas, sus símbolos y detalles ornamentales, en los que prevalecen las tierras, los juegos de ocres, la exuberante vegetación tropical y los sugestivos tonos neutros.
Como diría Walter Mondragón, pintar en serio siempre fue cosa de pintores. Y la obra de Alfonso Ospina es justamente eso: Un testimonio de seriedad, compromiso, búsqueda tan terca como coherente y consecuente y, sobre todo, el goce de saberse inmerso en el mundo de ese imaginario creado por él. Compuesta en homenaje a su querido compadre y cómplice de sueños y andanzas Severo Catalino Rubio, es hoy la ocasión propicia para juntarse nuevamente, confundidos en una abrazo de poema y calabaza.
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