Poetas
Españoles
AGUA
NEGRA DE SOMBRA
Oigo la lluvia sobre el asfalto, oigo
cómo cae sobre los pasos borrados. Y pienso
en las tardes que perdí mirando la lluvia
tras los cristales de mi habitación; y miro
mis manos trazando arabescos de olvido
sobre un papel que envejece con mis palabras;
que traza su historia con el óxido de mi naufragio,
con la sangre que lloré en las crónicas del llanto.
Oigo el silencio de mi sombra. En ella nada sobra
y recoge el agua negra de mi reflejo.
Sombra de agua de lluvia. De aquellas lluvias
que contemplé en las tardes perdidas, en la habitación
donde la vida calzaba las huellas de la tristeza,
el horizonte ocre de la pared sin horizonte.
Al fin, soy lluvia. En eso pienso cuando oigo
la luz que escapa de la noche, la palabra secreta
que cae sobre el papel como una lágrima
y resbala por la mesa hasta caer al suelo,
hasta llenar de agua negra el dolor de mi sombra.
Es un poema de José Luis Herrera, de su libro Las huellas en el
laberinto, XXVI Premio de Poesía «Ciudad de Benicarló», Brosquil
Edicions, 2007.
EJERCICIO
DE GRAMÁTICA
Tú, a quien
los vientos recorren
con los labios
del horizonte,
y una nube extraña cubre
como la sábana amarga
de la madrugada: dame
tus manos, ahora
que tu nombre se
demora en los oídos de la tierra;
o corre por ese río
subterráneo que desagua
en lo hondo
de los espejos, de donde
ninguna voz te llama.
Tú, el más
abstracto de los pronombres,
vestida con el fuego sordo
de la última vocal, como
si una sombra de silencios
danzase por entre
murmullos y memorias: no
partas con el nacimiento del día,
el sueño vago de un deseo,
o la luz efímera
con
que te miré.
Quédate en la tinta de mis dedos,
resto de un verso, secreto
sin rostro; o llévame contigo,
limpio de reflejos y pronombres,
mientras un rumor de fuente
me enseña a encontrarte.
EXERCÍCIO DE
GRAMÁTICA
Tu, que
os ventos percorrem
com os lábios
do horizonte,
e uma nuvem estranha cobre
como o lençol amargo
da madrugada: dá-me
as tuas mãos, agora
que o teu nome se
demora nos ouvidos da terra;
ou corre por esse rio
subterrâneo que desagua
no fundo
dos espelhos, de onde
nenhuma voz te chama.
Tu, o mais
abstracto dos pronomes,
vestida com o fogo surdo
da última vogal, como
se uma sombra de silêncios
dançasse por entre
murmúrios e memórias: não
partas com o nascer do dia,
o sonho vago de um desejo,
ou a luz efémera
com
que te olhei.
Fica na tinta dos meus dedos,
resto de um verso, segredo
sem rosto; ou leva-me contigo,
limpo de reflexos e pronomes,
enquanto um rumor de fonte
me ensina a encontrar-te.
Es un poema de Nuno Júdice, de su libro Tú, a quien llamo amor
(Antología). Selección y coordinación: Manuela Judice. Presentación:
Inês Pedrosa. Traducción: Jesús Munárriz. Edición bilingüe. Madrid,
Hiperión, 2008.
PAVADA
PARA CUATRO MANOS
No basta con oír la música; además hay que verla.
IGOR STRAVINSKI
Cuando miro hacia atrás mi tiempo que es
decir
las mujeres que he amado y abro mis manos
para ver el extraño presente de sus cuerpos
de río lava o mar en calma, mis pulmones crujen
como la estela de un asteroide sin destino.
Pero si te miro, sonrisa mineral del paraíso,
de la lumbre serena de tus manos me llega
ese quiero ser tu piedra y tu horizonte,
tu última herida...
Y aquí yago, besando el origen del mundo
mientras tú entretejes triángulos de agua
en la partitura geológica de nuestra carne
-este olor de cuerpos a café recién hecho-,
la música que vemos cuando nos tocamos.
Es un poema de Javier Lasheras, de su
libro Fundición, Sevilla, Algaida, 2008.
POEMA
Ya nadie quiere cuidar de esta mano
cuyos movimientos involuntarios han pretendido, dicen, ahorcarme.
La envuelvo
la cubro
le doy un beso en la cabecita
le arrullo
me amanezco meciéndola pero ella nunca duerme
está vigilante
pendiente
se sobresalta al menor ruido y me araña de desesperación el pecho.
Son
versos de Rocío Soria R.
UNA
MIRADA
que disuelva
con paciencia y con método
el edificio azul de la memoria.
Una mano que arranque.
Carne.
Carne sólo
aunque mísera.
Que el día sea real -un paisaje real
sin el espejo incierto de los símbolos-
y que el frío
-este frío que encoge
la ciudad
hasta darle el tamaño
preciso
de mi casa-
sea sólo la llaga que recuerde a los hombres
su cuerpo de animales
ateridos.
Es un poema de Ada Salas, de su libro Esto no es el silencio, Premio
Ciudad de Córdoba "Ricardo Molina", Madrid, Hiperión, 2008

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