Nunca para tener razón debe aplicarse la censura, el
no-reconocimiento, la coacción y la humillación al otro.
Para tener razón no hace falta influencia, ni imagen, ni
elegancia clasista, ni pedantería, ni corporativismo, ni presencia
privilegiada en los medios de comunicación.
Para tener razón no hace falta convencer, no, con lo
superficial, mediante la adulación, mediante la demagogia, mediante
las falsas propuestas o promesas (la promesa no sirve en la
argumentación).
Para tener razón nunca se pueden negar los hechos, sino sólo
aceptarlos si ya verdaderamente -o evidentemente- son hechos.
Negar o ocultar que alguien dice la razón es siempre practicar la
sinrazón.
El peor enemigo de la razón es, en claro, ése que insiste
mal-argumentando sosteniendo premisas o frases no previamente
demostradas y, además, se escuda en que nada es para él la razón, en
que él ya no cree en nada, en que es bonito esto, eso o
aquello abandonado al facilismo, en que... (en ese lío mental); es
decir, se protege con la confusión (siendo, en el fondo, la
confusión la semilla de la manipulación).
Para tener razón no se precisa el método de dar consejos, ni
hablar de todo para no saber de qué se habla, ni el modelarse a
gustos o a simpatías por parecer importante.
Para tener razón siempre la honestidad, sí, está por encima
de la perspicacia; y, también, cualquier perspicacia está por encima
de la frivolidad.
El desprecio al que razona o al que argumenta bien es el principal
cáncer de la envidia; y sólo eso encasilla y destruye: desprecia a
ese otro y a sus esfuerzos y a la misma dignidad racional (ética).
Para tener razón no deben excogitarse las premisas o frases
no demostradas (prejuicios).
El prestigio de ese que respeta lo racional no debe conseguirse
antes de tener razón (como ahora frecuentemente ocurre), sino
después.
Sólo se respeta si acepta alguien reglas; luego sólo se respeta si
se es racional o si se acepta un "juego limpio de lo racional" -sin
ambivalencia ética- con algo.